
La educación es la que marca el termómetro del futuro para todas las generaciones. Es invisible e intangible, de ahí su extraordinario valor futuro. El mundo ha cambiado de manera notable con el paso del tiempo y hoy los dispositivos, las herramientas digitales y las formas de enseñanza se han reconvertido, con lo bueno y malo que todo cambio disruptivo trae, en experiencias que van más allá del aula y los entornos tradicionales de la educación. ¿Esto impacta en el consumo y/o relacionamiento con los medios de comunicación? Por supuesto que sí. Ordenar los acontecimientos y potenciar las posibilidades de relacionar los mismos es una forma de agregar valor. Así aprendemos y también desaprendemos.
No es entonces solo una mera distribución o accesibilidad masiva a los nuevos dispositivos y herramientas en línea. Las posibilidades económicas no son siempre las ideales para ello, sobre todo en Latinoamérica. Lo mismo ocurre con la calidad de la conectividad que casi siempre conspira contra el proceso de digitalización y de compresión general de los contenidos.

«Hay que fomentar capacidades como la resolución de problemas, saber investigar, tener pensamiento crítico y desarrollar la creatividad, combinado con la capacidad de trabajar en equipo y saber comunicar, generando personas autónomas y que asumen responsabilidades individuales y colectivas.» Afirma Richard Gerve, participante activo de The International Curriculum Foundation. Los ciudadanos libres y autónomos que asumen responsabilidades individuales, son aquellos que se están formando de manera constante.
Vivimos en una sociedad mediatizada. Los medios de comunicación tienen influencia en la vida cotidiana y también en la forma en la que entendemos a la comunicación en sí. El reinado de internet reconfiguró el espectro del espacio ciudadano. Su influencia en la educación y en toda la industria cultural parte del acercamiento de las nuevas tecnologías a todos los que intervenimos en la creación de contenidos. Esto tiene un lado poco positivo: La relación entre comunicación y educación siempre fue compleja. Basta con simplemente una información errónea relacionada a un saber específico para desorientar y provocar un proceso inverso al buscado. Lo mismo sucede con el tiempo de distracción que suelen producir los dispositivos digitales.
Los nativos digitales crecen con cada nueva generación. Mucho del contenido que se transmite por la red termina, de alguna u otra manera, por formar a los ciudadanos en cualidades que muchas veces las instituciones educativas no logran alcanzar y los medios de comunicación tampoco. Por fuera de los ámbitos tradicionales, existen contenidos y comunidades que amplían los marcos de comprensión y asimilación de saberes. El desafío en el desarrollo del conocimiento en la era digital es navegar en la abundancia para no caer en la desinformación.