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7 de enero de 2010    Post #986
Tiempos hiper

La capacidad que tenemos de reinventar la red de redes y las herramientas con las que contamos y las posibilidades que nos vamos abriendo son el adn de este momento de la historia. Este artículo fue publicado en varios sitios de internet en 2007. Aquí una reedición de este artículo en 2010 La capacidad de […]

La capacidad que tenemos de reinventar la red de redes y las herramientas con las que contamos y las posibilidades que nos vamos abriendo son el adn de este momento de la historia.


Este artículo fue publicado en varios sitios de internet en 2007. Aquí una reedición de este artículo en 2010

La capacidad de relaciones que podemos generar con las redes sociales por momentos abruma y hace pensar si en verdad esta explosión tiene sentido. Si conducen a algún lado concreto o por el contrario a ningún lado. Mientras tanto el mundo avanza y la asimilación de cada innovación no encuentra resistencia a su paso, como así tampoco la creación de una identidad digital socializada. La revolución tecnológica es la única que no tiene contra revolución. O al menos en apariencia.

La conversación se expande en formato miniatura. La hiperconectividad, una gran dosis de autoreferencialidad y la viralidad como vehículo hacen el resto. Ante un mayor acceso a canales de información, la brevedad se impone como formato. La hiperconectividad nos lleva además a la hiperintegración y al mismo tiempo nos posibilitan desintegrar procesos con la información ocurriendo en este mismo instante. El tiempo nunca fue tan escaso y valioso. Tantas herramientas deben ayudar a optimizarlo en lugar de hacerlo más pesado.

¿Cuál es el costo de tanta conectividad? Por momentos demasiado altos. Hiperconexión + creación de identidad digital socializada + dispositivos móviles, da el resultado inevitable la perdida de la privacidad. Sumemos una tarjeta de crédito, una base de datos relacional, una caja registradora en el supermercado más la información personal que vamos entregando en forma indirecta con nuestro consumo y frecuencia, método de pago utilizado, dirección de la entrega a domicilio de la compra, control de stock y fabricación en línea y el resultado puede darnos pánico. Ni hablar si le sumamos a todo este cableado que asusta un celular o conectividad a la red de redes. No es ciencia ficción y no tengo nada contra quienes utilizan estas herramientas de la información legales y legítimas. A no confundirse y permítame una nota personal en primera personal: me encanta la tecnología y los nuevos medios, pero lo cortés no quita lo valiente y no creo en ningún lugar sacrosanto, ni mucho menos en ningún tipo de fanatísmo y menos aún del tecnológico. Siempre me pregunto ¿de que males mayores de nuestro tiempo nos protege tanta hiperconectividad?, ¿Necesitamos el ojo de un gran hermano digital?

Es inevitable pensar que existe un secuestro de nuestro espíritu ciudadano. El ejemplo puede ser adjetivado o etiquetado como a cada uno más le guste. Pero resulta que hace unos días compré en Buenos Aires, en un viaje entre el banco y mi oficina, unos diarios. Pero no lo hice en el punto de venta en que lo hago en forma habitual y los pagué en efectivo. Ni el diariero ni los periódicos sabían absolutamente nada de mi en ese momento. No hubo ningún CRM, base de datos o ni ninguna otra metáfora tecnológica del cordón umbilical que me uniera a ningún tipo de red. No voy a ocultar que, cuando me dí cuenta de la situación unos días después y para ser más preciso, al escribir esta entrada, siento una hermosa sensación de repentino anonimato y que se me antioa subversiva, una de mis palabras favoritas. Vuleven las preguntas. ¿Qué medios nos controlan más, los tradicionales o los digitales?.


 

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