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10 de noviembre de 2016    Post #1486
Para qué servían los diarios en papel

La sorpresa en el resultado de una elección no puede ser noticia. Este resultado será en todo caso reflejo o producto de algo, que de inesperado tiene poco y de profundo tiene demasiado en su significado.

Republican presidential candidate Donald Trump smiles during a campaign stop, Wednesday, Feb. 17, 2016, in Bluffton, S.C. (AP Photo/Matt Rourke)

El siguiente párrafo fue publicado el 20 de octubre de 2016 en el sitio mexicano  letraslibres.com. Es un texto (lúcido) del escritor, periodista y analista político y literario estadounidense Paul Berman que bien podría haber sido escrito luego del triunfo electoral de Donald Trump. «Ningún periodista, comentarista político o historiador respetado predijo un modesto éxito político para Donald J. Trump: es algo que resulta asombroso. El propio Trump siempre ha alardeado de sus ambiciones presidenciales, del mismo modo que se jactaba de su riqueza. Ha pensado en temas vinculados a la Casa Blanca desde la década de los ochenta. Pero nadie lo tomó en serio». Una sutil forma de decir que Trump ya había ganado por más que perdiera la elección. Una forma sutil de decir que ganaría sin escribirlo en forma evidente, mientras la mayoría del sesgo informativo se encolumnaba al supuesto (¿deseado?) reñido, pero seguro, triunfo de Hilary Clinton, más por espanto que por amor, ante las ideas estrafalarias y menos que impresentables de Trump; aunque se sabe o se intuye que una cosa es el discurso para las masas y otra cosa es ejercer el poder real en un país. Lo paradojal del resultado de la elección no es la diferencia del discurso de un candidato en campaña y en el poder, sino que el país que ha dado lugar a los avances tecnológcios más disruptivos e innovadores, tenga el sistema electoral más arcaíco e injusto llamado Colegio electoral, pero este es otro tema.

Por si aún no había quedado claro, Berman alertaba en octubre sobre el colapso cultural en Estados Unidos y más allá del resultado que tuvieran las elecciones en noviembre. «Todos los periodistas estadounidenses entienden de manera intuitiva un aspecto de esta crisis, que es el colapso de la industria periodística. Los días en que cada localidad mediana en Estados Unidos tenía un periódico, y en los que cada ciudad tenía dos, han desaparecido. Ni siquiera el puñado de periódicos de las ciudades que sobreviven tienen los grandes equipos que tenían, y lo mismo puede decirse de los noticieros de televisión. De nuevo, mucha gente prestaba atención a los sindicatos, que aportaban su propia interpretación autorizada de las noticias; pero el destino de los periódicos ha sido el destino de los sindicatos». Nada indica que la existencia de un diario impreso hubiera modificado los acontecimientos (de hecho Trump ganó con la mayoría de los medios americanos y extranjeros en su contra) pero al mismo tiempo la falta de este es una voz menos, una posibilidad menos de disenso y por más que en esas mismas localidades hay medios digitales que ocupan el lugar de aquellos diarios impresos, esas ciudades a las que se refiere Berman, no pasan por un momento de esplendor económico, ni muchos menos cultural o social y allí el colapso cultural e informativo es más pronunciado por la precariedad del contexto y esto impacta en el soporte que sea.

No creí, creo, ni creé en las predicciones. Menos en las encuestas de opinión. La superstición no es buena consejera. El valor de quién conoce un tema, hecho o situación, y lo profundiza es de un valor enorme. Y se incrementa cuando el resto se guía más por un concurso de opiniones seudo analíticas mezcladas con sentimientos personales que se sustentan en una encuesta y cuyo objetivo es legitimar esa «opinión» ya prefigurada. El valor que tiene aquel análisis es invaluable e histórico cuando se mira después de los hechos y cuando, además, va a contramano del denominado «consenso» (deseo sería más preciso), y se realiza antes de que los hechos estén consumados. El valor de ese análisis se incrementa por que tiene la valentía de ir de alguna manera a contracorriente. Y de esto, y otras cosas más, estaban hechos los buenos diarios impresos. Abrían una ventana, aunque no les gustara del todo a sus lectores, aunque mantuvieran al mismo tiempo una empatía (no simpatía, es bien diferente) con la mayoría de sus lectores e incluso aunque tuvieran afinidad en la mirada del mundo con sus lectores. Los buenos diarios impresos siempre abrían un espacio (mínimo, pero espacio al fin) de provocación, un lugar para increpar o interpelar las falacias narrativas autoconstruídas e incluso las autocumplidas. Así, entre otras cosas, se hacían los lectores. ¿Esto no se puede lograr con las versiones digitales? Por supuesto que si, pero el contexto es otro y la dimensión del cambio cultural es de nivel exponencial.

El contexto comunicacional está dominado por las redes sociales y las falacias narrativas se ven potenciadas al infinito. Los algoritmos y los círculos de afinidad en las redes sociales van reduciendo el espacio del disenso a límites cada vez más barriales y nuestras ideas y relatos se van construyendo con base en todo aquello que las refuercen. En algún punto siempre ha sido así antes de la era de los algoritmos, sobre todo para sentir que siempre tenemos razón. La diferencia en estos días, radica en que los algoritmos digitales le han dado una dimensión que no conocíamos y han masificado y legitimado esa autoreferencialidad y en algún punto la intolerancia ha tenido un nuevo auge gracias a esta especie de encierro comarcal que no es producto de la era digital, sino en todo caso un reflejo o síntoma de estos tiempos con o sin revolución digital de por medio. Aquella provocación, aquella interpelación a nuestras ideas y cosmovisiones que los buenos diarios impresos proponían, quedó casi de lado. Por otro lado, el mercadeo editorial en medio de la crisis de la industria, no da lugar a salirse demasiado de los límites que marca el hecho de que el contenido es la audiencia y menos aún cuando el cambio en la transmisión eficiente de la información y de las noticias va reemplazando por lógica al papel por soportes digitales. Aunque no todos están logrando el éxito por el sólo hecho de ser digitales.


Bonus track

De todas las portadas publicadas (al menos de las que alcancé a ver) la del diario francés Libération resume en lo gráfico la profundidad conceptual de aquello que hasta el momento pueden representar los resultados de las elecciones en los Estados Unidos.

trumplibe

Una respuesta a “Para qué servían los diarios en papel”

  1. Anónimo dice:

    El nacimiento de Internet ha sido un valor añadido, desde que convive con nosotros, ya no sólo funcionan las técnicas antiguas del buzoneo, periódicos en papel, … ahora hay que tener muy en cuenta las muy variopintas redes sociales, los periódicos digitales, los blogs, los foros, … tenemos mucha más información que antes y más colapso jeje.
    Menos mal que los periódicos gratuitos que se reparten por las mañanas en los medios de transporte (aquí en España), mantienen vivo el diario en papel.

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